Español

Ana min al-iahud[1]

Almog Behar

(en hebreo)

1.

En esos días mi lengua se trastocó y, cuando llegó el mes de Tamuz[2], la pronunciación árabe se me clavó en la boca, en la profundidad de la garganta, y comenzó a salir de la profundidad de la garganta. Así, mientras caminaba por la mitad de la calle, regresó a mí el acento del abuelo Anwar – Bendito sea – y, a pesar de que traté de sacármelo de encima y arrojarlo al cesto de basura, no lo logré. Procuré una y otra vez suavizar la áin, como lo había hecho mi madre en su infancia, ante los maestros y el resto de los alumnos, pero las miradas de transeúntes extraños solo provocaron que me quedase clavado en mi lugar. Intenté suavizar la jet gutural, y convertirla en kaf, traté de alejar la tzadi de la samej, me esforcé por alejarme de esa kof[3] iraquí, pero el empeño no prosperó.

Agentes de policía con ánimo severo, que patrullaban las calles de Jerusalén, comenzaron a señalarme con dedos amenazantes, – a mí y a mi barba negra -, susurraban entre ellos dentro de los móviles, y comenzaron a detenerme y a exigirme mi nombre y mi identificación. Ante cada uno de ellos, yo pedía que se quitaran de mi camino y debía mostrarles el documento de identidad, señalar el inciso “nacionalidad” y decirles, como si estuviese revelando un secreto que me liberaría de una gran culpa: “Ana min al-iahud”, “Ana min al-iahud”.

De repente, no aparecía mi documento por ningún sitio en el momento en que más lo necesitaba. Me detenían los policías cada noche y cada mañana, cuando no tenía en mi bolso ningún documento que me defendiese. Después, en mi casa, lo encontraba enredado entre dos billetes; o en un bolsillo, fuera de la billetera, aparecía el registro de conducir; o en la mochila, entre papeles, se escondía el certificado del ejército, como si lo hubiese olvidado allí, sin intención. Pero cuando los policías se detenían frente a mí, no encontraba ni siquiera un documento que les aclarase mi pasado o mi futuro. En esas circunstancias, comenzaba a llamar por teléfono, le decía al agente: “Mire, aunque no me crea, recién desde ayer tengo este acento árabe, así de fuerte, que no es  palestina, sino iraquí. Tampoco usted parece hablar idish[4] “de su casa”, quizás lo estudió en una escuela. O tal vez también su abuelo tenía un acento como el mío. Oiga, mejor me comunico con algún amigo. Comprobará qué lindo acento tienen mis amigos, un hebreo como debe ser, sin ningún acento. Y si confirma que esos son mis amigos, entonces sabrá quién soy”.

Pero mis amigos ashkenazíes no contestaban el teléfono, no oían las súplicas de mis llamados, y recién a la noche o al día siguiente se comunicaban para preguntarme la causa de mi insistencia y no reconocían mi voz.

Yo, parado solo frente a los policías, trataba de telefonear a mis otros amigos, los de Alepo, de Trípoli, de Túnez, y aclaraba: “Quizás estos no tienen un hebreo tan perfecto ni puro, no hablan un hebreo como debe ser, pero lo hablan mejor que yo”. Ellos respondían inmediatamente, no se demoraban ante el teléfono que sonaba, para ellos también mi acento se había tornado muy pesado y árabe y justo en ese momento estaban escuchando un laúd o un kanun[5] obstinado y me saludaban con: “Hahalan bik[6]”, me llamaban “habibi[7]”, me preguntaban “ashlonk[8]” y se despedían con “salamtak[9]”. Si todos mis amigos me habían abandonado, ¿cómo podían los policías creerme que yo era hijo de Israel y no de Ismael?

Entonces, me revisaban lentamente, tanteaban mi ropa y recorrían mi cuerpo con el detector de metales. Con su silencio firme me dejaban desnudo de palabras y pensamientos, buscaban mi rencor en las capas cubiertas de mi piel, husmeaban cinturones de explosivos, –  cinturones de explosivos en mi corazón – se regocijaban por neutralizar cualquier objeto sospechoso.

En los casos en que parejas de policías se demoraban conmigo y la investigación se prolongaba, uno de ellos comentaba al otro: “Mira, está circuncidado. Es judío de verdad, este árabe”. Y el segundo respondía: “También los árabes son circuncisos. Además, a los cinturones de explosivos no les interesa la circuncisión”. Y continuaban examinándome.

Realmente, en ese momento en que abandonaba mi cuerpo en sus manos, comenzaron a nacer cinturones de explosivos en mi corazón, – tronaban, se encolerizaban – empezaron a fermentar y se rehusaban a ser neutralizados. Pero como no estaban hechos de acero o pólvora, lograban escabullirse de los ingeniosos detectores.

Finalmente, cuando los policías me dejaban tranquilo – libre, pero no inocente – continuaba mi camino hacia la calle Markus, que baja al teatro Jerusalén, pasa por el hermoso edificio del consulado belga y la plaza que está sobre la calle Jabotinsky. Quería ver allí alguna película norteamericana que había ganado varios premios “Oscar” pero, de repente, no estaba el teatro en el extremo de la calle, ni era esa la calle Markus: era una calle con nombre árabe y las casas volvían a ser árabes, incluido el consulado belga. Y en los jardines eran todos árabes, no solamente los hombres jóvenes, los albañiles, no solo los que limpiaban las calles y hacían refracciones.

2.

            Comencé a recorrer las calles de Katamon, Talbíe y Bak´a y en lugar de ver a los ricos de Jerusalén que se habían instalado allí en casas espaciosas, – y en vez de llamar a las calles “Conquistadores de Katamon” o “Descendientes del barco” – vi de pronto a los ricos de Palestina. Ellos se encontraban allí tal como estaban antes de la guerra del cuarenta y ocho, como si no hubiese existido esa guerra. Los observé caminando por los huertos, entre los árboles, cortando fruta, como si los periódicos no les hubiesen informado que los árboles se marchitarían y la tierra se llenaría de refugiados.

Era como si allí el tiempo recorriese otra historia, diferente. Recordé que una vez le había preguntado a mi madre por qué nosotros hablábamos tanto de historia: “¡Basta con la historia! ¡Basta de historia! Porque me encadena, te limita, no me deja nada, no te deja tampoco a ti”.

Realmente nos convertimos en algo anclado en nuestra historia, ahijados por ella. Pero repentinamente, esta cambió de rumbo. Mientras recorría las calles de los palestinos pudientes, pensaba que, tal vez, ellos me hablarían con respeto, – no como los policías – esperaba poder contarles que había leído al escritor y educador Jalil a-Sakakini y cómo había querido entablar relación con sus nietos. Caminaba entre ellos, me acercaba a sus patios, pero no lograba arraigarme a ellos, porque solo tenía el hebreo con acento árabe y mi árabe, que no había aprendido en casa, sino en el ejército, se había vuelto repentinamente mudo, estaba ahogado en mi garganta, maldiciéndose a sí mismo sin emitir palabra, dormido en el aire sofocante del receptor de mi alma, escondido detrás de las persianas de mi hebreo. Y cada vez que intentaba hablar en el poco árabe que sabía, me salía un hebreo con acento árabe, entonces ellos creían que me estaba burlando. Si no hubiese sido por mi acento, que era tan iraquí, realmente habrían creído que me estaba mofando.

Mi acento los confundía, creían que me estaba riendo de los iraquíes, de los hijos de Sadam Hussein, o que quizás yo era un iraquí de los de antes, que había conservado ese tono, pero olvidado la lengua. A pesar de mi empeño, no logré hacerme allí de amigos. Recordé que una vez había escuchado decir a un tío mío: “Los árabes de los barrios ricos de Jerusalén son efendis[10], visten trajes occidentales y llevan el fez en la cabeza”. Entonces, percibí una sensación de desprecio en la palabra “efendi”, aunque ahora puedo recordar que él no la dijo con tal propósito. Sentí arrogancia, como si yo hubiese pertenecido al Palmaj[11] – llevaba sandalias y pantalones cortos – que se burlaba de los árabes dueños de las tierras y alababa su socialismo sagrado y a todos los sionistas. “Estos son efendis” – había afirmado mi tío, pero con intención de señalar respeto. Pero su lengua me había abandonado y ellos no conocían la mía. Entre nosotros, solo quedaba la distancia de la policía y las generaciones.

En el camino de regreso a mi casa, solamente los choferes aceptaban de buen grado mi acento, porque no les interesaba el acento  de un pasajero que sube al ómnibus en Jerusalén. Y mi corazón no sabía que yo había aprendido. No lo sabía. Y mis temores no sabían que todos ellos habían retornado a mí. No lo sabían.

3.

            Y así fue cómo mi voz cambió por la de mi abuelo. Esas calles que se habían acostumbrado tanto a su muerte, a su desaparición, a su ausencia, volvieron a escuchar su voz. Y ese bello sonido que había estado prisionero de mi pasado, de golpe salió de mí, no como quien pide limosnas ni exige migajas, sino que era mi propia voz, mi voz potente y elevada. Y las calles de Jerusalén, que se habían acostumbrado a mi silencio, a nuestro silencio, tuvieron grandes dificultades frente al habla, y trataban de acallar la voz, acallarla lentamente. Le advertían “¡cuidado!”, me decían “¡cuidado!”, le aconsejaban “eres extranjero”, me prevenían “confórmate con tu silencio”.

            A pesar de mis miedos y de que esa voz sonaba también extraña para mí, a una distancia de dos generaciones de olvido, emití todas mis palabras con ese acento, porque no pude perpetuar mi silencio, porque el habla pugnaba por salir y las palabras se iban transformando mientras brotaban de la profundidad de mi garganta. Un desconocido podría haber pensado que yo era un nieto fiel, pero no comprendía cuánto había prevalecido el olvido por sobre la memoria a lo largo de los años. No hubiese adivinado cómo se habían borroneado mis recuerdos y cuánto tiempo – ¡cuánto tiempo! – no había yo establecido un vínculo entre mi abuelo y mi lengua.

            Cuando regresé a casa, después de mi primera caminata por las calles con mi nuevo acento y después de la requisa policial sobre mi cuerpo, mi mujer se asombró al oír mi voz y mientras ella hablaba y me sugería dejar de hacerlo así, se comenzó a contagiar de mis cambios, y en su forma de hablar asomaron y enlazaron el acento yemenita del árabe de su padre y el acento turco del judeoespañol[12] de su madre.

Unos días después, al regresar de su trabajo, comentó que en sus secciones estaban atemorizados porque se estaba expandiendo una pequeña epidemia entre la gente de la oficina, por la que comenzaron a aparecer viejas pronunciaciones que todos creían desaparecidas. Una pequeña noticia en un recuadro de uno de los diarios más importantes reveló que los responsables de la seguridad estaban investigando quién se había contagiado de quién en el caso de los acentos prohibidos y se lamentaban por cómo se revertían cincuenta años de educación exitosa. Ellos temían que el país se llenase de árabes, – muchos, muchos árabes – y por eso, habían decidido reforzar las emisoras de radio con locutores dueños de un hebreo refinado y, de esa manera, se asegurarían que cualquier atisbo extranjerizante quedara fuera de nuestro habla.

Mi mujer me explicaba con un acento vacilante – por momentos oscilaba hacia el norte, al estrecho del Bósforo, para girar después hacia el sur, al Golfo de Adén – que el demonio también había atacado a los ashkenazíes. Entre ellos, la epidemia sería más lenta – profetizó – porque los jóvenes se habían convencido de que el acento de sus padres y de sus abuelos había sido, en su origen, americano y, además, era menor la memoria que ellos tenían de su antigua forma de hablar. Pero dentro de poco tiempo se escucharían nuevamente en la calle el acento polaco, el húngaro, el rumano, el alemán y el ucraniano.

Los responsables de la seguridad pública eran los más temerosos, porque creían que entonces, no se encontrarían más locutores para las emisoras de radio, ni maestros que pudiesen enseñar a los niños el secreto del acento correcto.

A pesar de sus profecías acerca de la gran ola de cambios, mis padres se plantaron obstinados frente a mí y a la epidemia, al recordar cuántos años de esfuerzo les había llevado conseguir su acento puro y trataron de disuadirme para que me olvidara de ese asunto y me dedicara a los estudios, para los que estaba dotado. Me suplicaban, pero, ¿qué podía hacer? ¿Cómo podría aplacar las añoranzas, que aparecían en esa voz que me resultaba tan extraña? Me aflijo y me lamento porque esa voz sale de mi interior, pero tampoco puedo frenarla porque ella no tiene barrera, ni contención.

“Si continúas hablando de ese modo, te alejarás de las becas”, dijo mi padre, y tenía razón. “Si no retornas a nuestra simple manera de hablar, ¿qué será de ti?”, se preocupó mi madre, y tenía razón.

En todas las entrevistas, los profesores se asombraban de mi acento, trataban de encontrar en mí un habla distinta, más académica, a pesar de que las palabras eran casi las mismas, quizás un poco más quebradas.

“¿Cómo saldrás adelante si continúas hablando así?”, decían, rogaban mis padres. ¿Qué podía hacer? Ellos se preocupaban mucho por mi futuro y no por la destruida tranquilidad de mi corazón, ni por sus piedras destrozadas y sus esquinas afiladas. No podían ayudarme a sobrellevar la condena.

Por aquellos días de preocupación, mis oídos no estaban dispuestos a escuchar sus palabras, mi lengua había enmudecido y su acento me resultaba extraño y lejano. Disfrutaba de cómo pasaban los meses: las profecías de mi mujer se iban confirmando, mientras las calles de Jerusalén se transformaban. Solamente mis padres permanecían inmutables.

Descubrí los oídos de mi mujer, le conté que había comenzado a escribir mis relatos en letras árabes. Nuevamente se estremecieron en las altas secciones. Unos días después, al regresar a casa, me dijo que todos se habían reído: “Escribirá cuentos que solamente él podrá leer, ni sus padres, ni sus hijos podrán hacerlo. Ni siquiera nuestros niños estarán expuestos al peligro. Le entregaremos, si lo pide, todos los premios del Primer Ministro a la literatura árabe, sin haber leído ni una palabra de sus libros”.

Los jefes de las secciones tenían razón, por supuesto, y mi mujer comenzó a profetizar acerca de la realidad con refranes en judeoespañol: “Este refrán que decía mi madre, no recuerdo cómo lo expresaba en su lengua, pero recuerdo su acento. Es el bienestar que precede a la muerte”, susurró y entonces comenzó a aclarar que se refería a estremecimientos de agonía y no de resurrección. En las altas secciones ya habían decidido que podían tranquilizarse y que el habla hebrea correcta sería condición necesaria para acceder a los puestos. Cada uno debería pensar en su fuente de sustento y en las necesidades de su familia. Por esa vía, el hebreo común regresaría como si nunca se hubiese desatado la epidemia.

4.

            Mi corazón comenzó a dar señales en mi voz, determinaba cuál era mi voz y cuál no era, si esa lamed salía de mi boca y si esa kof era completamente extraña a mi corazón. Empecé a desacelerar el ritmo de mis pensamientos, para reflexionar – no solamente los pensaba, sino que también los analizaba – pero como no tenía tiempo, esparcía palabras al viento como la sal del mar que, seguramente, nadie desparrama.

            Mi abuelo me hablaba, comenzó a preguntarme con mi voz, si este relato tenía un final. Me decía: “¿Cómo es que mi historia se mezcla con la tuya? ¿Cómo es que vine a alterar tu vida? Soy la generación del desierto, ¿cómo es que te levantas para renovarme? Perteneces a la generación que esperábamos, aquella que no diferenciaría entre su pasado y el pasado de sus maestros. Nuestro pasado ya nos dolía lo suficiente. Me quedé por ti en el desierto, para ser alimento de las aves de rapiña, para que no me recordases, para que no sufrieses como nosotros. ¿Cómo es que tus dientes mastican nuevamente mis palabras? ¿Dónde están los otros distritos de Jerusalén? No está el río Tigris que atraviesa la ciudad con misericordia. Yo no hallé la muerte en Jerusalén, tampoco en mi ciudad natal. He muerto en el desierto que se encuentra entre ambas, en un desierto de silencio”.

            “Construye compartimientos en tu corazón, nieto mío – me decía –, ubícame en uno de ellos, el más escondido, y vive tu vida en los restantes. O pasa al sector del silencio, porque el cambio que calculaste que ocurriría es demasiado simple. ¿Qué cambiará si se habla con otro acento? ¿Reviviré? ¿Vivirás tú mi vida nuevamente? Abandona las calles, ve con tus padres, a ellos no los convencerá mi acento, ya lo conocen y ya han enarbolado miles de revueltas. Quizás el silencio instale en sus corazones el miedo que el presente le tiene al pasado y al futuro. ¿Por qué no les muestras tu relato? Tal vez así se despierten”. Dijo mi abuelo, casi juramentándome por los muertos.

Comencé a medir mis silencios. Este es el silencio de un día, este es el de una semana, aquel es el de un mes, muy bien encerrado dentro de las paredes de la casa. En ella no hay quien abra, tampoco hay ninguna ventana despejada, no hay aire que entre, no hay imágenes profanas, ni sagradas, no hay quien sustraiga ni quien agregue.

Todo lo invade la voz de mis silencios, que acalla muchas, muchas palabras de silencio. No soy presente, ni me instituyo en él, no hay un final, ni un antes para el relato. No hay un comienzo.

Permanecí en silencio por mucho tiempo, hasta que mis padres me dijeron: “¡Habla! Si no lo haces, no recibirás la beca, ¿cómo continuarás estudiando? ¿Qué harás de tu vida? ¿Dónde está tu sonrisa? ¿En qué lugar escondido? ¡Habla! Con cualquier acento, porque nos invade el miedo al silencio”.

5.

            No hay un Tigris que atraviese Jerusalén, y su clamor no silencia las fronteras que se levantan sobre nosotros, barreras que me separan de mí mismo. No estoy allí, ni estoy aquí, ni en el este, ni en el oeste, no hay oriente en occidente ni occidente en oriente, no está mi voz actual ni las voces de mi pasado. ¡Qué pasará al final! Ando mudo por las calles y también, un poco sordo.

Esta vez solamente mi aspecto preocupa a los policías, mi barba gruesa, mi obstinación por no abrir la boca. Nuevamente el mes de Tamuz agoniza en mi interior y, a pesar del calor, me envuelvo en abrigos para cubrir los cinturones de explosivos de mi corazón. Los policías cumplen su misión y soy conducido a la cárcel.

Mis padres van tras de mí, para visitar a su hijo y saber a dónde es llevado. Permanezco callado frente a ellos, ¿cómo reaccionarán? Estoy en silencio ante mis padres y les entrego todos los relatos que había ocultado: “Aquí escribí sobre ti, madre. Acá sobre ti, padre. Escribo poemas contra el hebreo, en hebreo intensifico las insinuaciones, porque no tengo otra lengua para escribir. De tanta vergüenza, ustedes no me dejaron nada de herencia. El tiempo me prohíbe la poesía, mientras ellos se agrupan sobre mí y también sobre ustedes y la lengua, que fue la mía, me ordena desahogarme en ella, ser una flauta vacía para sus soplidos, hasta que juntos consigamos emitir un sonido, juntos seamos un nay[13] ronco, nos veamos como otra lengua, desaparecida. Es el mismo relato que regresa una y otra vez, ¿cuántos cuentos tengo, madre, padre? ¿Cuántos cuentos tiene un ser humano? Es la misma historia que trata de transmitir cada vez con palabras un poco distintas y, en cada oportunidad, intenta  resolverla de otra manera, ¿acaso no identifican aquí la historia de ustedes? De algún modo, su silencio me dijo algo. Traté de escribir la historia con el acento árabe, pero, ¿qué logré? Miren dónde nos estamos encontrando. Madre, padre, tomen el cuento y léanlo. Lean todos los relatos que oculté durante tantos años. Ustedes son la misma diáspora, el mismo silencio, la misma alteridad entre el corazón y el cuerpo, entre el pensamiento y el habla. Tal vez sepan cuál será el desenlace”.

En un primer momento mis padres lo negaron. Mi padre afirmó: “Este no es nuestro hijo, ni la barba que criamos”. Mi madre agregó: “¿Cómo puede ser? Nosotros no tenemos ese acento”. Y juntos declararon ante el funcionario: “¿De dónde heredaría ese acento? No es de la familia, el abuelo Anwar falleció antes de su nacimiento. No es hijo nuestro”.

Después insinuaron: “Si no eres capaz, regresaremos del patíbulo desilusionados por generaciones. Si la soportas y abandonas los cuentos, también esta habla y este silencio y te diriges a nosotros en nuestra lengua, nos quedaremos contigo hasta que seas sentenciado a salir en libertad, hasta que todos juntos seamos sentenciados”.

Mis padres no sabían que yo había retornado a sus corazones. No lo sabían.

No sabían que todos sus temores habían regresado a mí. No lo sabían.


[1] En el original, en árabe: Soy de los judíos.

[2] Décimo mes del calendario hebreo.

[3] Letras del alfabeto hebreo, que tienen pronunciación gutural.

[4] Idioma hablado por los judíos del centro y este de Europa (askenazíes). Utiliza el alfabeto hebreo para su escritura.

[5] Instrumento de cuerdas, usado en Medio Oriente y en la cuenca del Mediterráneo.

[6] En el original, en árabe: ¡Hola!

[7] En el original, en árabe: querido.

[8] En el original, en árabe: ¿Cómo estás?

[9] En el original, en árabe: ¡Que tengas salud!

[10] Del turco: señor. Entre los turcos y los arabes, título honorífico por gente mayor respetada

[11] Unidad de élite del ejército no oficial de  la comunidad judía organizada, durante el Mandato Británico sobre Palestina.

[12] Lengua hablada por los sefardíes (judíos expulsados de España). Aunque es esencialmente derivada del castellano, se mezclan en ella diferentes proporciones de muchas de las lenguas habladas en la Península Ibérica.

[13] Flauta árabe utilizada en el antiguo de Medio Oriente.

«Y que vio pájaros»

 

צַ’חְלָה וחֶזְקֵל, שיר ערש יהודי-בגדאדי

http://perurealfonso.wordpress.com/2010/05/21/%C2%ABy-que-vio%C2%A0pajaros%C2%BB/

ליצחק אבישור, מאסף שירי עם של יהודי עיראק בערבית-יהודית, שתרגומיו הולידו שיר זה. נהוג לשיר את השיר לַילדים בעִתות של חמסין וגעגועים, בניגון איטי, כשהם צעירים מכדי להבין את המילים, שלא ידעו איך כמעט ולא נִשאו הוריהם, והוא פותח במילים “טְלַעֶת עַאלִי בְּעַאלִי”, עליתי גבוה גבוה.

«Sahla y Zequiel», canción de cuna judeo-bagdadí

Para Isaac Avishur, recopilador de canciones populares en judeo-árabe de los judíos de Iraq, cuyas traducciones han dado a luz a esta canción. Es costumbre cantársela a los niños en momentos de tormenta de arena y nostalgia, con melodía suave, cuando son demasiado pequeños para entender la letra, para que no sepan que sus padres por poco no se casan, y empieza con las palabras «Tla’et be’ali be’ali» (‘He subido alto, alto’).

עליתי בְּסולם אל הגג לְהניח את כדֵי הַמים
להצטנן בַּרוח, באה הַרוח והתפתלה בין ידַי,
נפלתי, נפל הסולם, נפלו הכדים.
עליתי בְּסולם הַעץ אל הַגג לראות אם בא חֶזְקֵל
מן המסע, רוכב על סוסה יגעה ועמוקת עיניים,
לראות מה הביא לי מאוצרות הממלכה,
שבה הרוח והתפתלה בין עיניי, נפלתי,
נפל הסולם, נפל מבטי.
עליתי בַּסולם והנהר הרחב כולו היה ערש לְרוחי,
והגשרים הגבוהים היו כריות לְראשי,
וּבַחצר שבע מניפות התנופפו בידֵי הנערות.
נרדמתי על הגג בעודי לוחשת לחזקל שלי:
“אתה יונתי, מצחך הצחור קנה בושם, גבותיך הכהות
קנה בושם, שושן אדום מן הבוסתן בלחייך, שיניך
אבני-חן לבנות, אנחנו תאומי-הצורה, ירחם עלינו הרחמן,
בוא נלך יחדיו אל הצורף ונבקש ממנו שיצרוף לי טבעת
עליה יחרוט: ‘עוד מעט קט שב חזקל מן המסע’”.

Subí con una escalera a la azotea a dejar las vasijas del agua
a refrescarme al aire, vino el aire y se me enredó entre las manos,
me caí, se cayó la escalera, se cayeron las vasijas.
Subí con la escalera de madera a la azotea para ver si venía Zequiel
del viaje, montado en una yegua exhausta de ojos profundos,
para ver qué me traía de los tesoros del reino,
volvió el aire y se me enredó en los ojos, me caí,
cayó la escalera, se me cayó la mirada.
Subí con la escalera y todo el ancho río era una cuna de mi aire,
los puentes altos me servían de almohada,
y en el patio se agitaban siete abanicos en manos de muchachas.
Me quedé dormida en la azotea mientras le susurraba a mi Zequiel:
«Eres mi paloma torcaz, la albura de tu frente es aroma en rama,
aroma en rama la piel morena de tu espalda, y en tus mejillas
surge una azucena bermeja como de un jardín;
blancos como piedras preciosas son tus dientes:
somos hijos de la misma hechura,
que el Misericordioso se apiade de nosotros,
ven y vayamos juntos al platero
a pedirle que nos funda un anillo
en que grabe: ‘Poco ha faltado
para que no retornara Zequiel de su viaje’».

עליתי בְּסולם אל הגג וחזקל ישֵן בַחצר,
שוכב על הערסל וכל הנערות סביבו חושקות בו,
מבקשות להעניק לו מאוצרות האל.
באה הרוח והתפתלה סביב חזקל,
התהפך הערסל, נפל חזקל, צחקו נערותיו.
לחשתי: “נערותַי, אל תקנאו בִי, אל תעשקו לְאהובִי,
אבקשנו לרדת ולרחוץ בנהר ולבוא רק אלַי,
ויביא לי מי תמרים למלא בהם את הכדים שבידַי”.
עליתי בְּסולם אל הגג וחזקל ישֵן בַחצר,
לחשתי: “אתם ההולכים מבגדאד בְּדרך מוּצוּל אל סוריה,
קחו אותי ואת חזקל, קחו אותנו בתוך כפלי משאותיכם,
הסתירו אותנו מן הנערות, ואם יגמר כספכם בַדרך
מכרו אותנו בדמשק, ואעמוד מעל נהר פרפר
כפי שעומדת אני עתה על החדקל. אבל אם תמכרונו,
מכרו אותנו יחדיו, מכרו רק לעשירי העשירים, לראשי השרים,
לגדולי הווזירים, לַסולטאן, ואבקש מבנות אַ-שַּאם
אשר יבואו במרוצה אחר ידידי, אל תקנאו בִי, אל תעשקו לְאהובִי,
לָכֶן נערים רבים יפים בְדמשק, וחזקל לי יחידי”.

Subí con una escalera a la azotea con Zequiel dormido en el patio,
acostado en una hamaca, anhelo de todas las muchachas a su alrededor,
que le piden concederle una parte de los tesoros del cielo.
Vino el aire y se enredó alrededor de Zequiel,
le dio la vuelta a la hamaca, se cayó Zequiel, se rieron sus doncellas.
Susurré: «Muchachas, no me tengáis envidia ni prodiguéis zalamerías a mi amado,
le pediré que baje a bañarse al río y que venga solo conmigo,
que me traiga agua de palma para llenar las vasijas de mis manos».
Subí con una escalera a la azotea con Zequiel dormido en el patio,
susurré: «Vosotros, que de Bagdad por Mosul vais a la tierra de Siria,
llevadnos a mí y a Zequiel, llevadnos entre los pliegues de vuestros fardos,
escondednos de la vista de las muchachas, y si se os acaba
la plata mientras estéis de camino, vendednos en Damasco,
que me quedaré parada en el río Farpar
como parada estoy ahora en el Tigris.
Pero si nos vendiereis, vendednos juntos:
que sea al más rico de los hombres, al más alto dignatario,
al más grande visir, al sultán, y pediré a las hijas del Sham
que vendrán con premura en pos de mi amigo, no me tengáis envidia,
ni prodiguéis zalamerías a mi amado,
pues muchos buenos mozos hay en Damasco y solo Zequiel es mío».

עליתי בְּסולם אל הגג וחזקל ישֵן בַחצר, כך תמיד,
חזקל שלי ישן ואני ערה, אני ערה וחזקל שלי יוצא לְמסע.
אולי אינו רוצה לחזור, אולי אינו רוצה להתעורר, אולי עטלפים
פלשו למחשבותיו, אולי שערותיו כבר אינן כחוטֵי הפנינים
בלילֵי הירח. קראתי אל הנערות: “אין אתן זוכרות
איך היינו בגאווה קוראות: ‘נִחְנָה בַּנַאת אַ-שַּמְס וַאַ-שַּמְס אִמַנָה
וַסַהִיל אַבּוּנָה וַאלְ-קַמְר אִבְּן עַמְנָה’? אנחנו בנות השמש
והשמש אמנו, כוכב הצפון אבינו והירח בן-דודנו,
כך היינו צועקות בימים ובלילות”. והן צוחקות.
לחשתי: “אתם ההולכים בדרך לְהִינְד, קחו אותי לבדי
כי כבר מאסתי בַּהמתנה לידידי, קחו אותי להִינְד ומִצאו לי שם
חתן. ואם יגמר כספכם בדרך מכרו אותי באמצע המדבר,
מכרו אותי לְעניי העניים, שאַכלֶה יְמות חיי בְּאוהלים,
עד שאצעק לְאלוהים, עד שיודיעני אלוהים כי גם יְמות חזקל כָּלים,
כי עזבוהו כל הנערות וכל המסעות, כי גם הוא עולה בסולמות
ושוכב על גגי כל השעות, נרדם והוגה בי, מחכה בחלומותיו לְשובי”.

Subí con una escalera a la azotea con Zequiel dormido en el patio, así es siempre,
mi Zequiel dormido y yo desvelada, yo desvelada y mi Zequiel que sale de viaje.
Tal vez no quiera volver, tal vez no quiera despertarse, tal vez los murciélagos
penetren sus pensamientos, tal vez sus cabellos ya no sean como hilos de perlas
en las noches de luna. Convoqué a las muchachas: «¿No recordáis
cómo, orgullosas, proclamábamos: ‘Nihna banat ashshams uashshams imana
ua Sahil abuna ualqemar ibn aamna’
Somos hijas de Madre Sol
y Sol es nuestra madre, el Lucero del Norte nuestro padre y Luna es primo nuestro,
así gritábamos por los días y por las noches». Y se reían.
Susurré: «Vosotros, que vais camino del Hindustán, llevadme sola a mí
porque ya no soporto aguardar a mi amigo, llevadme al Hindustán y allí buscadme
un novio. Y si se os acabara la plata en mitad del camino,
vendedme en mitad del desierto, vendedme al más pobre de los hombres,
que se consuman mis días en las tiendas,
hasta que invoque a Dios, hasta que Dios me haga saber
que también los días de Zequiel se han consumido,
porque le hayan abandonado muchachas y viajes,
porque haya subido también por escaleras
y se haya acostado en las azoteas de todas las horas,
dormido y cavilando por mi causa,
esperando en sus sueños a que yo vuelva».

Almog Behar (אלמוג בהר), del libro חוט מושך מן הלשון (Un hilo que tira de la lengua), 2009.

De numerosas calles

שִכחה

http://perurealfonso.wordpress.com/2010/05/03/de-numerosas%C2%A0calles/

עננים לוטשים עיניים אחר מטריות,
ואני אחר רמזים לעברי:
הולך לאורך רחובות רבים
בלי לשמוע איש הקורא בשמי.
פעם שמעתי כי אוויר יכול להכביד
ואילו אבנים יכולות להקל,
היום אני יודע כי שתיקה יכולה להזכיר
ומילים יכולות להשכיח.
הזמן בין מטוטלת העתיד והעבר אינו הווה,
הוא רק מאבד עצמו לדעת
בטפטוף קבוע אל רצפת השִכחה.
אנשים שהיכרתי חוזרים אל רחובות הילדות
ומצלמים בתים שנראה כאילו לא השתנו,
אני מרחיק לאט לאט עוד תמונות מן האלבום
אבל מעתיק לְמחברות חדשות דפי-יומן שדהו.
והמילים, אלו שעוד לא סלחתי להן,
נוטרות לי טינה וממלאות את שירַי.

Olvido

Unas nubes aguzan unos ojos detrás de tras unos paraguas,
Y yo detrás de unos símbolos tras unas pistas de mi pasado:
Camino a lo largo de numerosas calles
Sin oír que nadie me llame por mi nombre.
Oí una vez que el aire puede volverse pesado
Como las piedras pueden volverse ligeras,
Hoy sé que un silencio puede hacer que recuerdes
Y las palabras pueden hacer que olvides.
El tiempo que está entre el péndulo del futuro y el pasado
No es el presente,
Solo procede a cometer suicidio
Cayendo a gotas fijas en el piso del olvido.
La gente que he conocido vuelve a las calles de la infancia
Y sacan fotos a casas que parecen no haber cambiado,
Yo alejo poco a poco algunas fotos más del álbum
Pero copio en cuadernos nuevos cuartillas de un diario
Que han perdido el lustre.
Y las palabras, esas que aún no he perdonado,
Me guardan rencor y llenan mis poemas.

Almog Behar (אלמוג בהר) del poemario חוט מושך מן הלשון (Un hilo tira de la lengua), Tel Aviv, Am Oved, 2009.

Adhereat lingua

http://perurealfonso.wordpress.com/2010/01/06/adhereat-lingua/

תדבק לשוני לחכי אם לא אזכרכי אם לא אעלה את ירושלם על ראש שמחתי

Mi lengua se pegue a mi paladar, si de ti no me acordare; si no ensalzare a Jerusalén como preferente asunto de mi alegría

Salmo cxxxvii, 6 (traducción de la «Biblia del Oso» de Casiodoro de Reina, Basilea, 1569).

בזמן ההוא התהפכה לשוני, ועם שהגיע ראש חודש תמוז נתקע לי בפה, עמוק עמוק בגרון, עמוק מן הגרון, המבטא הערבי. כך, כשהייתי באמצע הליכת רחוב, חזר אלי המבטא הערבי של סבא אנואר עליו השלום, וכמה ניסיתי להוציא אותו מתוכי ולהשליכו באחד הפחים הציבוריים ככה לא הצלחתי. ניסיתי ניסיתי לרכך את העי”ן לרכך את העי”ן כמו אמא, שעשתה זאת בילדותה נוכח המורים ושאר התלמידים, אבל זרים עוברים רק קיבעו אותי במקומי; ניסיתי לרכך את החי”ת ולעשות אותה כ”ף, ניסיתי להרחיק את הצד”י מן הסמ”ך, ניסיתי לצאת מן הק”ע העיראקית הזאת, ולא צלח המאמץ. ושוטרים התחילו לעבור מולי ברחובות ירושלים תקיפים, התחילו להצביע עלי ועל זקני השחור באצבעות מאיימות, התחילו להתלחש ביניהם בניידות, התחילו לעצור אותי ולדרוש בשמי ובזהותי. ואני מול כל שוטר עובר ברחוב הייתי מבקש לעמוד מהליכתי ולשלוף את תעודת הזהות שלי ולהצביע על סעיף הלאום ולומר להם, כאילו אני מסגיר סוד שיפטור אותי מאשמה גדולה: “אנא מן אל-יהוד, אנא מן אל-יהוד”.

Biblia hebrea transcrita en caracteres árabes, datable entre los siglos x al xiii.

في تلك الفترة انقلب لساني، وبحلول شهر تموز التصق بسقف حلقي، ثم بدأ يتزحلق بعيدا على صفحة الحلق حتى وصل إلى النطق العربي. وبينما كنت أسير في الشارع، ارتد إلي النطق العربي الذي كان يتلفظ به جدي أنور، عليه السلام، وكم حاولت أن أنتزعه من داخلي، وألقي به في واحدة من سلال القمامة العامة لكن دون جدوى. حاولت مخلصا أن أنطق حرف العين، همزة خفيفة مثل أمي، التي فعلت ذلك، في صباها، تفاديا لغضب المدرسين ونظرات التلاميذ الساخرة، لكن الغرباء الذين يمرون في الطريق ثبتوني في مكاني، حاولت أن أخفف حرف الحاء، وأنطقه خاء، حاولت أن أتصنع مسافة بين السين والصاد. جربت الهروب من هذه القاف العراقية. لكن لم تنجح محاولاتي. وبدأ رجال شرطة يكسو الحزم ملامحهم يمرون أمامي في شوارع “أورشليم”، أشاروا إليَ، وإلى لحيتي السوداء بأصابع متوعدة، تهامسوا فيما بينهم داخل “سيارات الدورية”، وبدءوا في إلقاء القبض علي، وسؤالي عن اسمي، وهويتي. أما أنا فكنت أريد أن أستوقف كل شرطي يمر أمامي، وأُشهر في وجهه بطاقة الهوية، مشيرا إلى خانة “القومية”، وأقول لهم، وكأنني أبوح بسر سينقذني من ذنب عظيم: “أنا من اليهود، أنا من اليهود”.

At that time, my tongue twisted around and with the arrival of the month of Tammuz the Arabic accent got stuck in my mouth, deep down in my throat. Just like that, as I was walking down the street, the Arabic accent of Grandfather Anwar of blessed memory came back to me and no matter how hard I tried to extricate it from myself and throw it away in one of the public trash cans I could not do it. I tried and tried to soften the glottal `ayyin, the way my mother had in her childhood, because of the teacher and the looks from the other children, but strangers passing by just rooted me to the spot; I tried to soften the pharyngeal fricative het and pronounce it gutturally, I tried to make the tsaddi sound less like an “s” and I tried to get rid of that glottal Iraqi quf and pronounce it like “k,” but the effort failed. And policemen started to head assertively towards me on the streets of Jerusalem, pointing at me and my black beard with a threatening finger, whispering among themselves in their vehicles, stopping me and inquiring as to my name and my identity. And for every passing policeman on the street I would want to stop walking and pull out my identity card and point out the nationality line and tell them, as if I were revealing a secret that would absolve me of tremendous guilt: “Ana min al yahoud, I’m a Jew.”

Por aquel entonces la lengua se me dio la vuelta y, al llegar el primer día del mes de tammuz, se me quedó pegada en la boca, al fondo fondo de la garganta, más hondo que la garganta, la pronunciación árabe. Ocurrió que, a mitad de atravesar una calle, me volvió la pronunciación del abuelo Anwar, que en gloria esté, y, por mucho que intenté sacármela de dentro y tirarla a una papelera, no lo conseguí. Intenté intenté suavizar la letra ‘ayn suavizar la letra ‘ayn como hacía mamá, cuando lo hacía de pequeña en presencia de sus profesores y los demás alumnos, pero los desconocidos que pasaban me dejaron quieto en mi sitio. Intenté suavizar la letra het y hacerla como una jota, intenté dejar lejos la letra sade de la ese, intenté salir de esta qaf iraquí, pero mi esfuerzo fue baldío. Y unos policías empezaron a pasar delante mí en las calles de Jerusalén con ánimo severo. Empezaron a señalarme con el dedo, a mí y a mi barba negra, con dedos amenazantes, empezaron a cuchichearse dentro de sus coches patrulla, empezaron a arrestarme pararme, a pedirme mi nombre y mi identificación. Y yo, delante de todos los policías que pasaban por la calle, pedía que se quitaran de mi camino y que me dejaran extraer mi cédula de identidad y señalar la línea de «nacionalidad» y decirles, como si expusiese un secreto que me fuera a librar de una enorme vergüenza: «Ana min alyahud, ana min alyahud». «Soy un judío, soy un judío».

El cuento breve de Almog Behar (אלמוג בֶּהַר) de título אנא מן אל-יהוד (Ana min alyahud: «Soy un judío»; dicho en árabe), del que solo he traducido el principio, ganó uno de los premios de relatos breves que convocó el diario israelí Haaretz en 2005. Lo tradujo al árabe el egipcio Muhammad ‘Abud (que diría yo que llevaba este blog, pero no me hagan mucho caso) y la traducción fue publicada en la revista cultural egipcia Alhilal. El cuento se ha publicado recientemente en un libro de relatos de Behar que ha publicado la editorial Babel en Tel Aviv. Bueno es que ustedes se me enteren de todo esto, aunque este apunte no sea en realidad más que un reconocimiento de la obra de Behar y de mi incapacidad para pergeñar con algún fundamento una traducción española de su poema חוט מושך מן הלשון («Un hilo que tira de la lengua») del libro de poemas homónimo publicado por la editorial Am Oved en 2009. Bueno, por eso y porque no sabe uno nunca con qué tejemanejes poéticos va a acabar uno en un pecio imprevisto de Canarias.

Actualización: Hurgando un poco para responder mejor a Joan-Carles en los comentarios, he encontrado una traducción al inglés del cuento completo, obra de Vivian Eden que no puede ser anterior a 2005 ni posterior a 2007. No sé si se ha llegado a publicar comercialmente. Para que sirva de complemento, incluyo la traducción inglesa del fragmento que yo he traducido al español. Por otra parte, a base de hurgar, veo que los guardianes de la tribu siguen trabajando a pleno a rendimiento en diversas encarnaciones.

Reactualización: Corregido un error de la traducción española.

«Si te olvidare…»

http://perurealfonso.wordpress.com/2010/05/11/%C2%ABsi%C2%A0te%C2%A0olvidare%E2%80%A6%C2%BB/

ביום ירושלים זוכים מערב ירושלמים לחוות את מה שמזרח ירושלמים חווים גם בשאר ימות השנה: מצור מוטל על רחובותיהם ועוצר על עירם, אנשי ביטחון חמורי סבר עומדים בכל פינה במחסומי פתע אקראיים, ונוהגים באזרחים שאינם זרים בגסות, ורבבות זרים פולשים לרחובות ועושים בהם כבשלהם, מבלי להתחשב ברגישויותיהם (המוזרות ככל שיהיו) של בני המקום.
השיא מבחינתי האישית מתרחש ברחוב בצלאל הסמוך, כשאלפי נוצרים פאנטים מארצות הברית ואירופה גודשים את הרחוב כדי להביע בתהלוכה רועשת ומחרישת אוזניים, הסותמת את כל נתיבי התחבורה מביתי והופכת על כן את הבריחה לבלתי אפשרית, את אהבתם לישראל. הם כל כך אוהבים את ישראל שמי שיעיין בכתביהם יגלה שהם זקוקים רק לעוד מלחמה אחת גדולה, שבה רובנו, יהודים ופלסטינים (גוג ומגוג), נהרג, כדי שמשיחם יקום לתחייה, הר מגידו והר הזיתים יחצו ויבשרו את בוא מלכות השמיים לארץ, והנותרים מבין המוסלמים והיהודים יודו בעליונות הנצרות.
יום ירושלים מופיע לראשונה במקרא (תהילים קל”ז, ו’). מעניין שאיש מאלו שהחליטו לקבוע את היום ואת שמו לא טרחו לבדוק את הביטוי במקורות, שכן יום ירושלים הוא ביטוי המציין את יום חורבן ירושלים.

En el Día de Jerusalén, los jerosolimitanos occidentales pueden experimentar lo que los jerosolimitanos orientales experimentan también el resto del año: el bloqueo impuesto a sus calles y un toque de queda en su ciudad, agentes de seguridad de gesto adusto estacionados en cada esquina, en barreras de control instaladas por sorpresa, comportándose con rudeza con ciudadanos que no son extranjeros, y multitudes de extranjeros que irrumpen en las calles como si estuvieran en su casa, sin preocuparse de lo que sientan (por muy raros que sean) los oriundos del lugar.

A mi juicio, el colmo sucede en la vecina calle Bezalel, cuando miles de cristianos fanáticos de Estados Unidos y Europa atiborran la calle para expresar, por medio de un desfile ruidoso y ensordecedor, que colapsa todas las vías del tráfico desde mi casa y hace por tanto imposible la huida, su amor por Israel. Tanto aman a Israel que, si uno se para a examinar lo que escriben, descubrirá que tan solo requieren otra gran guerra en la que la mayoría de nosotros, judíos y palestinos (Gog y Magog), seamos muertos, de forma que su Mesías resucite, el Monte de Meguido (Armagedón) y el de los Olivos se abran en dos y anuncien la venida del Reino de los Cielos a la tierra, mientras los musulmanes y judíos que queden admitan la supremacía del cristianismo.

El Día de Jerusalén aparece por primera vez en la Biblia (Salmos, cxxxvii, 6). Resulta interesante que nadie de quienes decidieron instituir el Día y su nombre tomó el cuidado de comprobar la expresión en las fuentes, puesto que el Día de Jerusalén es una expresión que indica el Día de la Destrucción de Jerusalén.

— Almog Behar, «יום ירושלים» (‘Día de Jerusalén’), 11 de marzo de 2010/27 de iyar de 5770, víspera de la conmemoración de la conquista de Jerusalén Este por Israel/reunificación de Jerusalén (7 de junio de 1967/28 de iyar de 5727).

Notas de Alfonso de Zamora, manuscrito Or. 645 de la Biblioteca de la Universidad de Leiden:

De la ley q[ue] ynvento jeroboam y se perdio. y asi haran los moros | פלא גדול פלא גדול [«milagro grande   milagro grande»]

2 parali[pomenos] 13 אסף ירבעם ת’’ת אלף איש [«juntó Jeroboam 800 mil hombres»]

«Palestina hermosa y santa» & «Paxarico, tú te llamas», canción tradicional de los sefardíes de Sarajevo y de la tradición sefardí de Oriente respectivamente, recogidas en España antigua de Jordi Savall y Hespèrion XX (2003).

«Jerusalem/Dead Sea», foto de Daniel M (dM.nyc™), 2 de enero de 2005.

http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=3856

Mensaje de los descendientes de los originarios de los países árabes e islámicos en Israel.

A los hombres y mujeres de nuestra generación en Oriente Medio y África del Norte

Nosotros, descendientes de comunidades judías en el mundo árabe y musulmán, del Mashrek (oriente) y el Maghreb (oeste), y como segunda y tercera generación de sefardíes y mizrajim (judíos orientales) en Israel, seguimos con gran emoción y enorme curiosidad el rol central que cumplen con gran coraje las mujeres y los hombres de nuestra generación en el mundo árabe en sus manifestaciones y protestas por la libertad y el cambio. Nos identificamos y tenemos esperanza en cuanto a las revoluciones que tuvieron éxito en Túnez y en Egipto, y sentimos dolor y tensión ante la gran pérdida de vidas en Libia, Bahrein, Yemen, Siria y otros lugares.

La protesta de nuestra generación contra la represión, contra los regímenes esclavizantes y explotadores, el llamado al cambio, a la libertad y a la constitución de regímenes democráticos, que permitan la participación de los ciudadanos en los procesos políticos, representa un momento dramático en la historia del Medio Oriente y de Africa del Norte fracturados hace generaciones entre diversas fuerzas, externas e internas, que arrollaron los derechos políticos, económicos y culturales de la mayoría de sus ciudadanos.

Somos israelíes y somos descendientes de judíos que vivieron en el Medio Oriente y en Africa del Norte durante siglos. Nuestros antepasados contribuyeron al desarrollo de la cultura de la región y fueron parte de ella. Así también para nosotros, la cultura de los países del Islam y el sentido de pertenencia a esta región son parte inseparable de nuestra identidad. Sentimos que somos parte de la historia religiosa, cultural y lingüística del espacio del oriente medio y nor-africano, a pesar que pareciera que hemos sido "olvidados" como hijos de esta historia: primero en Israel, que se imagina a si misma como si estuviera ubicada entre el continente europeo y Norteamérica; y luego en el mundo árabe, que pareciera muchas veces haber aceptado la dicotomía entre judíos y árabes y la imagen de los judíos como europeos, y prefirió reprimir la historia de los judeo-árabes como un capítulo marginal de su pasado, o como uno que ni siquiera existió; y tercero, y hay que confesarlo, dentro de las mismas comunidades orientales, que muchas veces, tras el colonialismo occidental, el nacionalismo judío y el nacionalismo árabe, se avergonzaron de su pasado común con los pueblos árabes, y así muchas veces intentamos acomodarnos en las corrientes más poderosas de la sociedad, borrando o disminuyendo nuestro pasado. Las inmensas influencias mutuas entre la cultura judía y la árabe fueron sometidas a un duro intento por borrarlas en las recientes generaciones, pero aún se puede también distinguir sus señales en distintos ámbitos de la vida, entre ellos la música, la oración, la lengua y la literatura.

Queremos expresar nuestra identificación y nuestra esperanza en esta etapa de cambio generacional en la historia del oriente medio y del norte de África, y esperamos que traiga una apertura de libertades y justicia, y de una distribución justa de los recursos de la región, y nos dirigimos a las mujeres y hombres de nuestra generación en el mundo árabe y musulmán con la aspiración a un diálogo sincero que nos incluya en la historia y cultura de la región.

Observamos con envidia las imágenes de Túnez y de la plaza Tahrir (en árabe significa liberación), ante la capacidad de organizar una resistencia cívica no-violenta que logró sacar a cientos de miles a las calles y plazas, y finalmente obligó a los gobernantes a renunciar. También nosotros vivimos una realidad en la que un régimen a pesar de su pretensión de presentar una apariencia ilustrada y democrática no representa a amplios sectores de los habitantes del país, dentro de las fronteras de la línea verde (fronteras de junio de 1967, Israel internacional y legalmente reconocido) y en los territorios ocupados, avasalla con los derechos económicos de la mayoría de los ciudadanos, se encuentra en un proceso de reducción de las libertades democráticas, y construye muros racistas ante la cultura del oriente, la judía y la árabe. Pero, a diferencia de los ciudadanos de Túnez y de Egipto nosotros estamos aún lejos de la capacidad de crear una solidaridad entre los distintos grupos como la vista en Túnez y en Egipto, de unirse y marchar juntos hacia las plazas, todos los habitantes, reclamando un régimen cívicamente, económicamente y culturalmente justo.

Creemos que nuestra lucha en Israel como sefardíes y mizrajim (judíos orientales) por nuestros derechos económicos, sociales y culturales, se apoya en la comprensión que un cambio político no puede basarse en las potencias de occidente que explotaron a nuestra región y sus ciudadanos durante largas generaciones. El cambio tiene que surgir de un diálogo regional interno, y en conexión con las diferentes luchas que se realizan hoy en los países árabes, y específicamente también en las luchas de los palestinos ciudadanos de Israel, por derechos políticos y económicos dentro del estado de Israel, y frenar su exclusión racista, y de los palestinos en Cisjordania y en Gaza que viven bajo ocupación militar, en su reivindicación por terminar la ocupación y obtener la independencia.

En nuestro mensaje anterior tras el discurso de Obama en El Cairo en 2009 hicimos un llamado al surgimiento de la identidad medio-oriental democrática y a nuestra inclusión en ella. Ahora esperamos que nuestra generación, en todo el mundo árabe, musulmán y judío, sea una generación de renovados puentes, que sorteen los muros y la hostilidad de generaciones anteriores, y que reanude el diálogo profundo, sin el cual nosotros no nos podemos concebir a nosotros mismos, entre judíos, sunitas, shiitas y cristianos, entre árabes, curdos, bérberes, turcos y persas, entre sefardíes y ashkenazies (judíos de origen europeo), entre palestinos e israelíes. Teniendo un pasado en común miramos hacia el futuro con identificación y esperanza. Creemos en el diálogo regional interno, con el objetivo de corregir y reconstruir todo lo que fue destruido en las últimas generaciones, como la clave para renovar el modelo de sociedad musulmana-judía-cristiana de Al Andalus, con la ayuda de Dios, Inshaalá (Dios quiera, en árabe), y como una introducción a una era de oro cultural e histórica para nuestros países. Esta era de oro no podrá crearse sin una ciudadanía democrática igualitaria, sin justicia económica distributiva en los recursos y en las oportunidades y la educación, sin igualdad entre mujeres y hombres, y sin aceptar a todos los humanos, con sus creencias, sus colores, sus orígenes de clase, su sexo, sus inclinaciones sexuales y su pertenencia confesional y étnica, como partes iguales en la construcción de la nueva sociedad a la que aspiramos. Estamos comprometidos a obtener estos objetivos, en un diálogo continuo entre todos los ciudadanos de la región, y en un diálogo nuestro con judíos de distintos grupos en nuestro país y en el mundo.

Shva Salhoov (Libia), Naama Gershy (Serbia, Yemen), Yael Ben-Yefet (Iraq, Eden), Leah Aini (Grecia, Turquía), Yael Berda (Túnez), Aharon Shem-Tov (Iraq, Kurdistán iraní), Yosi Ohana (nacido en Marruecos), Yali Hashash (Libia, Yemen), Yonit Naaman (Yemen, Turquía), Orly Noy (nacida en Iran), Gadi Algazi (Yugoeslavia, Egipto), Mati Shemoelof (Iran, Iraq, Siria), Eliana Almog (Yemen, Alemania), Yuval Evri ((Iraq), Ophir Tubul (Marruecos, Argelia), Moti Gigi (Marruecos), Shlomit Lir (Iran), Ezra Nawi (Iraq), Hedva Eyal (Iran), Eyal Ben-Moshe (Yemen), Shlomit Binyamin (Cuba, Siria, Turquía), Yael Israel (Turquía, Iran), Benny Nuriely (Tunisia), Ariel Galili (Iran), Natalie Ohana Evry (Marruecos, Gran Bretaña), Itamar Toby Taharlev (Marruecos, Jerusalem, Egipto), Ofer Namimi (Iraq, Marruecos), Amir Banbaji (Siria), Naftali Shem-Tov (Iraq, Kurdistan iraní), Mois Benarroch (born in Marruecos), Yosi David (Tunéz, Iran), Shalom Zarbib (Argelia), Yardena Hamo (Kurdistan iraquí), Aviv Deri (Marruecos) Menny Aka (Iraq), Tom Fogel (Yemen, Polonia), Eran Efrati (Iraq), Dan Weksler Daniel (Siria, Polonia, Ucrania), Yael Gidnian (Iran), Elyakim Nitzani (Líbano, Iran, Italia), Shelly Horesh-Segel (Marruecos), Yoni Mizrahi (Kurdistán), Betty Benbenishti (Turquía), Chen Misgav (Iraq, Polonia), Moshe Balmas (Marruecos), Tom Cohen (Iraq, Polonia, Inglaterra), Ofir Itah (Marruecos), Shirley Karavani (Túnez, Libia, Yemen), Lorena Atrakzy (Argentina, Iraq), Asaf Abutbul (Polonia, Rusia, Marruecos), Avi Yehudai (Iran), Diana Ahdut (Iran, Jerusalem), Maya Peretz (Nicaragua, Marruecos), Yariv Moher (Marruecos, Alemania), Tami Katzbian (Iran), Oshra Lerer (Iraq, Marruecos), Nitzan Manjam (Yemen, Alemania, Finlandia), Rivka Gilad (Iran, Iraq, India), Oshrat Rotem (Marruecos), Naava Mashiah (Iraq), Zamira Ron David (Iraq) Omer Avital (Marruecos, Yemen), Vered Madar (Yemen), Ziva Atar (Marruecos), Yossi Alfi (nacido en Iraq), Amira Hess (nacida en Iraq), Navit Barel (Libia), Almog Behar (Iraq, Turquía, Alemania).

תגובה אחת על Español

  1. Mimi הגיב:

    אלמוג, שברתי לי את הלב ותקנתה לי אותו חזרה. תודה על המיליםץ

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